Vídeo webinnar: Vulnerabilidad y Salud Pública

En este segundo webinar, la conversación sobre feminismo pacifista en tiempos de pandemia se centró en vulnerabilidad y salud pública. Contamos con la presencia de Consuelo Miqueo, profesora de Historia de la Medicina, que moderó el debate; Amelia Bella Rando, enfermera del Servicio Aragonés de Salud; Carmen Ferrer Dufol, psiquiatra de la Plataforma Salud Mental Aragón, y Lehdia Mohamed Dafa, doctora de Medicina Familiar y Comunitaria.

La presidenta de WILPF España, Laura Alonso Cano. recordó la figura de una de las fundadoras de WILPF hace ya 105 años, en plena Primera Guerra Mundial, Aletta Jacobs, que era médica y sufragista y convocó el Congreso de La Haya para reclamar la paz. Dedicó su vida a la medicina y también al compromiso por los derechos de la mujer y la paz. Laura se mostró preocupada por la retirada de fondos de la OMS, porque “estos instrumentos, aunque imperfectos, son fundamentales para la democracia y la cooperación”.

Consuelo Miqueo, profesora de Historia de la Medicina, recordó que justo tras la Primera Guerra Mundial y tras la fundación de WILPF hubo una pandemia, del virus influenza, que mató al menos 25 millones de personas, más que durante la guerra. Subrayó que antes del COVID-19 nos creíamos inmunes a pandemias así y que ahora tenemos más conciencia de nuestra vulnerabilidad, de la centralidad de los cuidados y de la necesidad de reconocer el papel de las mujeres en el sostenimiento de la vida.

Amelia Bella, enfermera, recordó que “esta pandemia ha situado la vida en el centro de todo, reconociendo valores que las mujeres y desde WILPF llevamos mucho tiempo reivindicando”. Bella contó que “más de la mitad del personal de salud a nivel mundial son mujeres, mientras que los puestos de responsabilidades y toma de decisiones siguen estando ocupados en su mayoría por hombres (70%) y esto también influye mucho en las políticas sanitarias y la gobernanza institucional”. Quiso poner en valor el papel de la enfermería, colectivo que ocupan en un 80% las mujeres y que no ha sido reconocido nunca como lo que es, “la columna vertebral de cualquier sistema de salud, están en contacto permanente y continuo con las personas en situaciones de gran vulnerabilidad y cuyo protagonismo se centra en el cuidado”. Amelia Bella reconoció que “el sistema sanitario global y cercano se ha desmoronado , no estaba preparado para las dimensiones de está pandemia y esto tiene que ver con los recortes anteriores, la difusión de la salud privada, el desvío de listas de espera a la privada y los recortes en investigación y ciencia”.

Por otro lado, quiso recordar que las enfermedades siempre se han estudiado desde el punto de vista de “hombre, blanco, edad y clase media, así están en la bibliográfica médica”. Los estudios diferenciales que tuvieran en cuenta las variables de género, etnia y clase social “se empezaron a hacer en 1974. Y muchos de ellos siguen sin ser validados por la comunidad científica y la OMS”. Reivindicó que se tenga en cuenta la desigualdad social “en la forma de enfermar y las patologías que se producen por estas causas, pobreza, exclusión social, vivienda, alimentación, agua no potable, violencia, condiciones medioambientales o catástrofes naturales, y la afectación diferencial”. De hecho, confiesa que en la atención telefónica que ha prestado con la pandemia “he visto una serie de síntomas diferentes entre los referidos por la mujeres y por hombres y esto no solo es casualidad”.

Amelia Bella abordó el tema de la necesidad de redefinir la seguridad “desde una perspectiva feminista pacifista , como hicieron nuestras madres de WILPF. Mover el dinero al servicio de la vida y no de la violencia o la muerte. Poner la salud publica en el centro de todo y que esta sea inclusiva, justa y sostenible” y reivindicar la desmercantilización de los recursos sanitarios y desde una perspectiva internacionalista, porque “si un país esta protegido protege a todos”. Y quiso defender que se replantee “el modelo de cuidado a las personas mayores”.

Carmen Ferrer, psiquiatra, recordó que “la incidencia de esta pandemia y del confinamiento sobre la salud mental es indudable”. Además, “no tenemos ansiolíticos sociales”, como apoyarse en encuentros con amigos, paseos, compras, etc. Nos situamos, afirma, en una “sociedad del decrecimiento pero sin libertades sociales”. Criticó el recurso al belicismo, “que llama a la obediencia sin discusión”. Recordó que esta pandemia nos está obligando a comportamientos que pueden perjudicar mucho la salud mental, como el no poder despedirse de personas queridas que mueren, la culpa por no poder cuidar o la puesta de manifiesto de la existencia de residencias de ancianos con contrataciones penosas, déficit de personal y un modelo profundamente mal formulado.

Centrándose en el tema de la salud mental, Ferrer lamentó que los servicios de salud mental ahora no están atendiendo pero saben que la necesidad va a ser mayor cuando se supere la pandemia. Criticó que la respuesta que se va a dar va a ser “la fácil, la medicalizada. La medicación tapona, oculta el malestar social y lo despolitiza”. Frente a esa medicalización Carmen defiende que “los servicios de salud mental debería ser un apoyo para el fortalecomioenmto de redes y bienestar psicosocial, espacios de colabpración, donde el protagonismo de las mujeres es mayor”. “Esta epidemia es muy triste porque rompe la atención comunitaria frente al encierro”, lamentó, aunque defendió que debemos trabajar para que ese encierro no sea permanente.

Lehdia Mohamed Dafa puso de manifiesto que hay ciertos paralelismos entre esta pandemia y la guerra, como la enorme destrucción de vidas y estructuras, el uso de medicina de guerra, el enorme impacto económico y social y la incertidumbre. Apuntó que la vulnerabilidad frente al COVID-19 es más acentuada en el caso de las mujeres y que “necesitamos analizar la crisis con perspectiva de género”, algo que obstaculiza el hecho de que “el cuidado sanitario está en manos de las mujeres, pero no la toma de decisiones”. Reivindicó que no podemos permitir recortes debido a la crisis económica que se derive de la pandemia.

Carmen Ferrer quiso denunciar el etnocentrismo, porque hay epidemias mucho más letales que el COVID-19, como la malaria, pero como no afectan a los países desarrollados no corren ríos de tinta. El año pasado, recordó Carmen, murieron un millón y medio de personas por tuberculosis. Resalta que en África, aunque no hay respiradores ni acceso al agua que haga posible la higiene de manos, la media de la población es muy joven, de modo que no parece que vaya a golpear tan fuerte el virus. Lamenta que hay países africanos que han impuesto el confinamiento y disuadido de ir al hospital, pese que ahí son más graves otras dolencias que requieren de atención médica urgente.

Lehdia Mohamed Dafa abundó en la idea del etnocentrismo. A los campamentos saharauis no ha llegado el virus, pero se han tomado medidas que perjudican la economía de la población, como el cierre de fronteras (con lo que las remesas de las que dependen no llegan). Las mujeres saharauis están alzando la voz, alarmadas porque habrá personas que no tengan más recurso que la delincuencia. Lamenta que se haya suspendido el programa de Vacaciones en Paz que disfrutaban los niños saharauis y durante el cual se sometían a chequeos médicos. Magreb, denuncia, está azotada por el desplome del turismo. Y la ONU ha reorganizado prioridades y entre ellas no está la MINURSO, la supervisión de negociaciones de paz en el Sahara Occidental.

Consuelo Miqueo quiso recordar que por fin se está dando importancia a la ciencia y que la ciencia se está poniendo al servicio de la población. Señala que al principio de la pandemia se dio acceso libre a mucha documentación científica y que grupos interdisciplinares colaboraban para conocer más el virus.

 

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