Reflexiones sobre la guerra y el Congreso de La Haya de mujeres españolas

La Gran Guerra estaba muy presente en la sociedad española, dividida entre francófilos y germanófilos, dando lugar a polémicas encendidas, que podían darse por ser España un país neutral, al decir de un escrito de la época: “Nuestra neutralidad ha sido política en el orden internacional. En cambio, literariamente, la lucha de ideales o de intereses no ha cesado en los periódicos, en las revistas y en los libros… Unos hablan del derecho y otros de la fuerza. Como no nos cohíbe la censura ni la misma neutralidad, España es donde más sinceramente se ha escrito acerca de la guerra europea.

Mientras se está celebrando el Congreso de Mujeres de La Haya, el periódico ABC se hace eco de él en una amplia noticia, donde dice que España está entre los países representados en el mismo. En realidad, la única asistente de aquí fue “Madame J.M. Gay” , de Barcelona, que lo hizo a título individual.

La Condesa Pardo Bazán no creía que los acuerdos del Congreso de La Haya fueran a alcanzar un resultado práctico; compartía el contenido de las resoluciones y la crítica a la locura de la guerra pero terminaba afirmando que la guerra iba a traer beneficios a las mujeres, porque están ejerciendo oficios que antes no hacían y “… porque la guerra es, ante todo, dinámica y para la mujer, lo peor es la estática” . Sabemos que este argumento no acaba de sostenerse, que el supuesto avance de las mujeres en las guerras, su entrada en nuevas profesiones, por ejemplo, no siempre se consolidó tras la guerra, más bien cuando volvieron los hombres del frente las mujeres fueron empujadas de nuevo hacia las tareas domésticas.

A lo largo del XIX y principios del XX, distintas mujeres escribieron sobre la guerra en España. Josemi Lorenzo Arribas ha identificado algunas de ellas , destacando a Carmen de Burgos y María Lejárraga que, dice, aportaron “las reflexiones más sistematizadas sobre el tema”, la primera en Guerra a la guerra y la segunda en Feminismo, feminidad, españolismo y Cartas a las mujeres de España. En una de las publicaciones mencionadas, María Lejárraga incluye varias crónicas del Congreso de La Haya, con fragmentos de los discursos que se dieron en él y de las lecciones aprendidas por las mujeres. A saber:

“Los hombres tienen casi toda la culpa de la guerra; pero las mujeres tampoco estamos exentas de responsabilidad; hemos faltado a nuestro deber de dos maneras: Primera: Consintiendo que se eduque a nuestros hijos en una falsa idea del heroísmo y de deber patrio. Hasta ahora mismo se ha glorificado en las escuelas el valor militar, las hazañas de sangre, la injusticia de la conquista, el egoísmo colectivo; se ha hecho de la bandera un símbolo, no de patriotismo, sino de imperialismo… Segunda: Por temor al ridículo, hemos dejado de poner en nuestras reivindicaciones todo el empeño necesario. El día en que las mujeres intervengan en la gobernación de los pueblos en número igual al de los hombres, la guerra habrá concluido de una vez para siempre; esto lo sabemos y lo sentimos”.

Para Lejárraga, el que llama Congreso de las mujeres pacifistas en La Haya, tal vez haya tenido poco impacto práctico pero “Su significación moral es, sin embargo, interesante, porque afirma una vez más el decidido propósito de las mujeres de no consentir que sigan arreglándose los asuntos de interés general para la vida de los pueblos sin intervención suya, como representantes que son de más de la mitad del género humano. Una vez más las mujeres levantan la voz para pedir la paz…”. Carmen de Burgos y Sofía Pérez Casanova, nuestras primeras reporteras de guerra, que veían lo que sucedía en los frentes y en la retaguardia, el sufrimiento de la población civil, fueron abiertamente anti-guerra.

Virginia Woolf plasmó sus reflexiones sobre la guerra desde las vidas de las mujeres en el imprescindible Tres Guineas. Sobre su pensamiento, escribió Elena Grau:
“Virginia habla muy poco de la experiencia, de las consecuencias y del horror de la guerra porque parte de una idea, nunca la guerra, y no necesita argumentarla. Yo diría que ella pone la guerra como medida de todas las acciones humanas. Su esfuerzo es medir la acción humana, de mujeres y hombres, en presencia de este horizonte. Y al poner la guerra como medida, o como horizonte de nuestra acción, trasciende la idea de guerra como hecho bélico y se interesa por todo aquello que en nuestro hacer apunta en última instancia a sostener unas relaciones, una cultura y un mundo simbólico que albergan la violencia y conducen a la guerra”.

De modo diferente, escribe Josemi Lorenzo, que cita también el análisis de Elena Grau, las escritoras españolas pusieron el acento en el sufrimiento y el dolor que provocan las guerras. Con todas las distancias, concluye, por la singularidad y brillantez de la inglesa, esto puede ser debido a que, en las distintas guerras que vivió España –con sus consiguientes levas y muertes de jóvenes varones- las españolas, a diferencia de la Woolf, la sufrieron en carne propia: “Las continuas sangrías humanas que supusieron las guerras a las que se aferraba el estamento militar y político, el injusto sistema de recluta, el dolor multiplicado en familiares y amistades de los soldados … no podían dejar indiferentes a estas mujeres intelectuales…”.

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