El militarismo no puede evitar la guerra

Un llamamiento urgente a la desescalada, la desmilitarización y el desarme en relación con Ucrania y más allá

Artículo de Ray Acheson, directora de Reaching Critical Will, el programa de desarme de WILPF Internacional. El artículo original, en inglés, se puede encontrar aquí.

El fantasma de la guerra sobre Ucrania sigue acechando. Pero la guerra no puede resolver esta crisis. Esta situación ha surgido debido a muchos factores complejos que se han visto agravados y facilitados por el militarismo; por lo tanto, el militarismo no puede resolverla. Es imperativo un proceso de paz centrado en las personas, con la participación equitativa y significativa de todos los afectados y afectadas. La desescalada, la desmilitarización y el desarme son cruciales para evitar esta guerra, y la siguiente.

Una historia de violencia

Detrás de esta crisis actual hay una historia de violencia militarizada y económica. Tanto Rusia como Estados Unidos son Estados colonizadores que forjaron sus países ampliando sus “fronteras” y matando y reprimiendo a las poblaciones autóctonas. Ambos llevan a cabo acciones imperialistas fuera de sus fronteras ya establecidas, interfiriendo, mediante acciones militares y económicas, en países que consideran dentro de sus “esferas de influencia”. Ambos utilizan el militarismo, la agresión y los vínculos económicos forzados para guiar su conducta en las relaciones internacionales, y ambos afrontan la desigualdad, la pobreza y la resistencia internas a través de la vigilancia y el castigo

Los Gobiernos de ambos países se critican mutuamente por el mismo tipo de comportamiento. Rusia critica el imperialismo de Estados Unidos y, sin embargo, invade y ocupa a sus vecinos, bombardea a civiles y realiza ciberataques contra infraestructuras críticas que perjudican a los ciudadanos de a pie. Estados Unidos critica a Rusia por considerarla una autocracia y, sin embargo, derroca a Gobiernos elegidos democráticamente si amenazan sus intereses, construye bases militares y participa en guerras y operaciones militares en cientos de países de todo el mundo, y gasta miles de millones de dólares al año en militarismo mientras muchos de sus ciudadanos viven sin asistencia sanitaria, vivienda o seguridad alimentaria.

Ambos países han construido sus ejércitos, alianzas militares y arsenales nucleares para desafiar al otro. La expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el Este tiene como objetivo limitar a Rusia, al igual que la invasión rusa de los países del oeste tiene como objetivo limitar a la OTAN. Ucrania, en este contexto, es un peón utilizado por ambos “bandos”.

Este juego corre el grave riesgo de acabar en una destrucción masiva. En total, Rusia y Estados Unidos poseen más de 11.850 armas nucleares. Francia y Reino Unido (miembros de la OTAN) tienen unos cientos cada uno. Estados Unidos también tiene un centenar de armas nucleares en el territorio de los miembros de la OTAN Bélgica, Alemania, Italia, Países Bajos y Turquía. Estas armas no son restos de una Guerra Fría pasada, sino que están desplegadas activamente ahora mismo, listas para ser utilizadas. Las cifras de los arsenales, por muy alarmantes que sean, no transmiten el horror que cada arma encierra. Cada una de las bombas está diseñada para derretir carne, quemar ciudades, diezmar plantas y animales, y desatar un veneno radiactivo que dura generaciones. Incluso el uso de una de estas armas sería desastroso. Un intercambio nuclear sería catastrófico.

Rusia y Estados Unidos, junto con Francia, Reino Unido y China, acordaron recientemente que no se puede ganar una guerra nuclear y que nunca se debe librar, haciéndose eco de una declaración de Gorbachov y Reagan en 1985. Sin embargo, cada uno de estos países ha estado invirtiendo miles de millones en la “modernización” y expansión de sus arsenales nucleares, preparándose no para el desarme nuclear sino para el Armagedón nuclear. Cada uno mantiene doctrinas y políticas para el uso de armas nucleares. Y algunos dentro del complejo nuclear estadounidense, al menos, parecen creer que se puede librar una guerra nuclear, y ganarla. Es un mensaje increíblemente peligroso este que envían los responsables de la potencial destrucción del mundo, pero que beneficia al complejo militar-industrial.

Hay otros intereses corporativos detrás del enconado conflicto, incluso en relación con la producción y venta de armas, los oleoductos y la “seguridad energética”, y el acceso a los “recursos naturales”, con beneficios que se obtienen a expensas de las vidas humanas y que perjudican la protección del planeta. En medio de una emergencia climática, en la que la extracción y la explotación capitalistas han diezmado la biodiversidad, los ecosistemas, la tierra, el agua y el aire, los gobiernos de los miembros de la OTAN y de Rusia siguen utilizando combustibles fósiles y se niegan a adoptar una economía de decrecimiento que reduzca el uso de la energía, especialmente en el norte global, y dé prioridad a la creación de sistemas de cuidado e igualdad para las personas y el planeta.

El orden mundial militarizado y la abstracción del daño

En la crisis actual y en los momentos históricos que nos han conducido hasta aquí hay mucho que reprochar. Todas las partes implicadas han contribuido activamente a esta situación. Argumentar que se ha “provocado” a una u otra parte solo sirve para ocultar la realidad de que cada uno de los países implicados ha construido conjuntamente, de forma deliberada, un orden mundial militarizado y capitalista que sirve exclusivamente a los intereses de los especuladores de la guerra y de la élite política y económica.

Lo que está ocurriendo ahora mismo en Ucrania es más grande que Ucrania. Se están produciendo cambios tectónicos en la geopolítica mundial y Ucrania no es más que un campo de “juego” para los Estados fuertemente militarizados. El juego entre Estados Unidos y China va en aumento; las guerras por delegación, las ocupaciones y las agresiones, y la presión militar y económica se producen en todo el mundo; la extracción, principalmente por parte del Norte global, y la explotación del llamado Sur global son rampantes. Esta depredación exacerba y acelera la pobreza y las desigualdades y la devastación medioambiental; el militarismo y el gasto militar van en aumento a nivel mundial. Abordar la situación en Ucrania sin reconocer este contexto más amplio es como aplicar una tirita a una hemorragia global. Es una pieza de un rompecabezas mucho más grande: de un orden mundial dictado y dominado por la élite militarizada.

Se trata de un orden mundial que considera la guerra como un medio legítimo para alcanzar un fin. Celebra las masculinidades militarizadas, potenciando la cultura del militarismo y la violencia como actividades valientes y nobles, al tiempo que hace invisibles los daños del militarismo relacionados con el género y la raza.

Se trata de un orden mundial que considera la guerra como un medio legítimo para alcanzar un fin. Celebra las masculinidades militarizadas, potenciando la cultura del militarismo y la violencia como actividades valientes y nobles, al tiempo que hace invisibles los daños del militarismo relacionados con el género y la raza. Es un orden mundial que utiliza un lenguaje tecnoestratégico para hacer un lavado de imagen de la guerra. Los grupos de reflexión y los políticos, los medios de comunicación y los actores bélicosactúan como si los países fueran piezas de ajedrez y las personas fueran números en una hoja. Funcionarios del Gobierno estadounidense, por ejemplo, han estimado que una guerra en Ucrania podría matar entre 25.000 y 50.000 civiles, entre 5.000 y 25.000 militares ucranianos y entre 3.000 y 10.000 soldados rusos. Los combates desde 2014 en el este de Ucrania, hay que recordarlo, ya han matado a más de 14.000 personas y han desplazado a millones.

En lugar de ver a estas personas como individuos, cuyas vidas tienen valor y significado, que forman parte de familias y comunidades, los calculadores de cifras calculan las “pérdidas aceptables” y los riesgos de “daños colaterales”, y miran hacia otro lado mientras los cuerpos se acumulan. También se tiene en cuenta el trastorno de la vida cotidiana: la interrupción de la educación, de la producción de alimentos, de las cadenas de suministro; la destrucción de hospitales, hogares, mercados, instalaciones de agua y saneamiento, y todas las demás infraestructuras críticas de las que la gente depende para sobrevivir. Estas cifras no tienen en cuenta el terror psicológico de vivir en un conflicto, de escuchar el lanzamiento de bombas o el sobrevuelo de aviones no tripulados, de tener miedo de salir de casa, de ver morir a los seres queridos. Estas cifras tampoco tienen en cuenta el impacto medioambiental de la guerra, los restos tóxicos o explosivos de las armas, los daños a la tierra, al agua y a los animales.

Estos impactos humanitarios y medioambientales deberían estar en primera línea de todas las decisiones políticas. Sin embargo, son completamente ignorados por quienes hablan en las salas de juntas de las capitales, lejos de donde se sentirá el daño, decidiendo qué opciones tomar en aras de la “estrategia geopolítica” o el “equilibrio de poder”.

La urgencia de la desmilitarización y el desarme

Esto debe cambiar. En lugar de fomentar el envío de más armas y soldados a esta situación, en lugar de justificar el militarismo de una parte por la otra, debemos esforzarnos por desescalar esta crisis mediante el desarme, la desmilitarización y la diplomacia.

Las siguientes recomendaciones están orientadas a una solución pacífica de la crisis actual y a la prevención de otras nuevas:

  1. La OTAN no debe buscar una mayor expansión ni participar en agresiones; Rusia debe dejar de interferir y agredir a los países que considera dentro de su “esfera de influencia”.
  2. Deben retirarse todas las tropas y debe cesar el suministro de armas, equipo militar y entrenamiento. La movilización para la guerra de los soldados rusos, las tropas de los miembros de la OTAN y la población ucraniana debe terminar.
  3. Debe garantizarse el derecho humano a la objeción de conciencia al servicio militar, de acuerdo con el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y los párrafos 2, 11 de la Observación General № 22 del Comité de Derechos Humanos de la ONU.
  4. La OTAN y Rusia deben acordar poner fin a las maniobras militares y evitar encuentros militares cercanos entre las fuerzas rusas y de la OTAN.
  5. Todas las partes implicadas deben volver a comprometerse/negociar un nuevo tratado de Fuerzas Convencionales en Europa y desmilitarizar Europa mediante el desarme, las inspecciones, etc.
  6. Todas las partes implicadas no deben realizar ciberataques, especialmente contra infraestructuras críticas que afecten a la vida de los civiles. Los Estados y la sociedad civil deben buscar de buena fe un acuerdo internacional que prohíba los ciberataques.
  7. Todas las partes implicadas deben tomar medidas urgentes para evitar la guerra nuclear, incluyendo:
    1. Tras el fin del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio, deben acordar no desplegar misiles de alcance intermedio en Europa o en el oeste de Rusia. 
    2. Estados Unidos y Rusia también necesitan concluir nuevos acuerdos que logren nuevas desescaladas verificables en las armas nucleares estratégicas y no estratégicas y en las limitaciones de las defensas de misiles de largo alcance, antes de que el Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (Nuevo START) expire a principios de 2026.
    3. Estados Unidos debería retirar sus armas nucleares almacenadas en los países miembros de la OTAN y Rusia debería retirar sus armas nucleares tácticas de las bases cercanas a su frontera occidental.
    4. La OTAN debería renunciar a las armas nucleares y desnuclearizar su doctrina política.
    5. Rusia y Estados Unidos (y todos los demás Estados con armas nucleares) deben poner fin a sus programas de modernización de armas nucleares.
    6. Estados Unidos, Rusia, Ucrania y todos los miembros de la OTAN deben adherirse al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares.

Soluciones para la paz centradas en las personas

Más allá de este contexto inmediato, es necesario actuar para prevenir futuros conflictos armados y amenazas de guerra nuclear.

En lugar de mantener alianzas militares opuestas, todas las partes deberían comprometerse a construir una estrategia de seguridad común y desmilitarizada que sitúe la cooperación y la satisfacción colectiva de las necesidades de las personas y el planeta en el primer plano de todas las políticas y acciones. La OTAN, por ejemplo, debería disolverse y, en su lugar, deberían construirse alianzas no militarizadas y no divisorias para la paz y la cooperación, con la solidaridad internacional como principio rector. Todos los países deberían reducir su gasto militar de forma inmediata y acordar reducciones progresivas mediante la aplicación del artículo 26 de la Carta de la ONU, cuyo mandato debería ser retirado del Consejo de Seguridad de la ONU y otorgado a la Asamblea General de la ONU.

Todos los países deberían adherirse al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares y trabajar urgentemente para la eliminación de todas las armas nucleares en un plazo determinado. A través de las disposiciones del tratado para el desarme, la eliminación de las armas nucleares podría llevarse a cabo mediante un proceso verificable y lograrse en una década. El proceso de abolición de las armas nucleares podría proporcionar una vía fundacional para cambios más amplios en el orden mundial. La eliminación de las armas nucleares ayudaría a establecer un nuevo paradigma de cooperación en las relaciones internacionales y liberaría recursos para ayudar a abordar la crisis climática. También ayudaría a generar un impulso para un desarme y una desmilitarización más amplios y para reorientar el dinero y el ingenio humano hacia la satisfacción de las necesidades humanas y planetarias.

En el centro de nuestros esfuerzos, debemos poner la vida de los civiles y el cuidado del planeta por encima de los intereses militares, políticos y económicos percibidos. Para ello, es imprescindible un proceso de paz centrado en las personas. Como escribe Almut Rochowanaski, “debemos aplicar las lecciones de la construcción de la paz del siglo XXI para crear un proceso de paz centrado en las personas, dirigido por las mujeres y basado en los derechos”. Sin esto, “los patrones de exclusión y victimización no serán superados, y los recuerdos de dolor e injusticia se convertirán en agravio y alienación que durarán generaciones”. Un amplio abanico de actores puede ser escuchado y validado a través de prácticas probadas de construcción de la paz, y puede pasar a construir un futuro diferente para su país”.

Sabemos que los procesos más inclusivos conducen a una paz más estable y, sin embargo, una y otra vez, solo los hombres con armas dictan los términos de la “paz”. Estas soluciones conducen invariablemente a la imposición de políticas económicas neoliberales, opresiones y desigualdades de género y raciales, y una militarización sin fin.

En el contexto ucraniano, nos hacemos eco del llamamiento del Movimiento Pacifista Ucraniano a favor de “unas negociaciones abiertas, inclusivas y exhaustivas sobre la paz y el desarme en el formato de un diálogo público entre todas las partes estatales y no estatales del conflicto con la participación de los actores de la sociedad civil favorables a la paz”. Este tipo de proceso inclusivo, un proceso que no está impulsado o dominado por quienes crearon la crisis en primer lugar, debe aplicarse a otros contextos. Sabemos que los procesos más inclusivos conducen a una paz más estable y, sin embargo, una y otra vez, solo los hombres con armas dictan los términos de la “paz”. Estas soluciones conducen invariablemente a la imposición de políticas económicas neoliberales, opresiones y desigualdades de género y raciales, y una militarización sin fin.

Las viejas formas de hacer las cosas han demostrado una y otra vez que no funcionan. Necesitamos una nueva visión de la paz mundial, basada en las experiencias interseccionales de las personas y en las necesidades de todo el planeta. La creación y el logro de esta visión requiere cambiar a quién se invita a la mesa: fuera las élites gobernantes, que están atadas a intereses y ganancias personales, y dentro todas y todos los que pueden perder con el conflicto. Los protectores de la tierra y el agua, las feministas, los activistas antinucleares, los que se organizan para la desmilitarización, la igualdad y el cuidado deben liderar el trabajo por la paz, no las personas que se benefician del conflicto.

Los protectores de la tierra y el agua, las feministas, los activistas antinucleares, los que se organizan para la desmilitarización, la igualdad y el cuidado deben liderar el trabajo por la paz, no las personas que se benefician del conflicto.

Abolición para la transformación

Necesitamos un cambio de paradigma en las relaciones internacionales, derivado de este tipo de proceso de paz centrado en las personas. Tenemos que modificar las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, pero más ampliamente tenemos que desmantelar el orden global militarizado, las concepciones militarizadas de la seguridad y el dominio del complejo militar-industrial sobre los asuntos mundiales. También hay que transformar la hegemonía del extractivismo colonial-corporativo, por el clima, por la protección de la tierra, el agua, el aire y los animales.

Un marco abolicionista es útil para cultivar esa transformación. En lugar de invertir en armas y prepararnos para la guerra, debemos invertir en el cuidado de las personas y del planeta. La abolición es una herramienta para construir un mundo que funcione para todos, en lugar de para unos pocos. La abolición de la guerra, a nivel mundial, requiere el desarme y el control de armas, sistemas de desmilitarización y la reducción del gasto militar. Pero también requiere construir estructuras para que florezcan la paz, la solidaridad, la cooperación y la no violencia. Significa sustituir las armas por energías renovables, la guerra por la diplomacia, el capitalismo por una economía política feminista redistributiva centrada en la igualdad, la justicia social, el decrecimiento y la sostenibilidad ecológica.

Desaprender la necesidad de la violencia es esencial para explorar lo que podría construirse en su lugar. Esto significa dar la vuelta a gran parte de lo que se nos enseña sobre lo que es necesario para la seguridad en nuestro mundo. Significa aprender a rechazar la violencia como solución a todos los problemas, poniendo en cuestión y desafiando los sistemas de poder que afirman que existen para proteger mientras que, en cambio, persiguen y oprimen.

Es necesario aprender a rechazar la violencia como solución a todos los problemas, poniendo en cuestión y desafiando los sistemas de poder que afirman que existen para proteger mientras que, en cambio, persiguen y oprimen.

Entender y responder al “panorama general” no significa que cada una de nosotras o nosotros, como individuos, tenga que resolver cada parte del mismo. Pero sí significa que debemos reconocer y apoyar los esfuerzos de los demás y reflejar en nuestro propio trabajo el análisis y la organización de diversos movimientos y proyectos por la paz. La suma de nuestro conjunto es mayor que nuestras partes, y la máquina de la violencia capitalista puede parecer inmensa , a menos que la desmontemos y reconstruyamos algo más, juntos.

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Comments
  • Rosa Maria Pérez Lorite

    Análisis perfecto de la situación actual, como siempre son Lis intereses económicos Lis que priman por encima del derecho de las personas.

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