COVID-19: Lo que necesitamos no es “hacer la guerra” a un virus

Artículo traducido por Cristina Baselga, redactado orgininalmente en inglés por Cynthia Enloe para WILPF

 

Mientras ciudades y países enteros se cierran para “aplanar la curva” del brote de coronavirus corremos el peligro de elegir la analogía equivocada para lo que necesitamos hacer en este peligroso momento. “Hacer la guerra” es la más engañosamente atractiva analogía para movilizar recursos privados y públicos y enfrentarse al peligro actual. Sin embargo, deberíamos resistirnos a esta atracción.

Sabemos, las investigadoras feministas nos lo han enseñado en repetidas ocasiones, que, en un gran número de países a lo largo de generaciones, hacer la guerra ha alimentado el sexismo, el racismo, el secretismo y la xenofobia. Ninguna de estas cosas evitará la pandemia. Nunca promoverán una ciencia y estructuras médicas fiables. No protegerán a los más vulnerables. No nos mantendrán a salvo. Ciertamente no sentarán las bases para una democracia posterior a la pandemia.

Hacer la guerra es, sin embargo, una analogía tan tentadora porque muchos de nosotros y muchos de nuestros líderes políticos y culturales seleccionan sus guerras y escogen lo que quieren que nosotros recordemos de cada una de ellas.

La mayoría de los estadounidenses ahora preocupados por el coronavirus no experimentaron la segunda guerra mundial. Tal vez esto hace de esta supuestamente “Buena Guerra” la adecuada analogía para una guerra color de rosa. Como se enseña en demasiadas escuelas, se describe en demasiadas películas y se conmemora en demasiadas ceremonias públicas, la segunda guerra mundial fue la época en que “todos los americanos fueron al unísono”, cuando “todo el mundo se sacrificó”. Fue la guerra la que nos dio un “propósito común”. Todos apoyamos a “nuestros chicos”. Nos enfrentamos a un “enemigo común”. En el frente interno, “GIJoe” y “Rosie the Riveter” fueron ciudadanos modelo. Como guinda en el pastel de la memoria, la guerra convirtió a los estadounidenses en los “salvadores del mundo”.

Como feministas anti-militaristas que nos planteamos cómo hacer frente a los desafíos globales y locales originados por el coronavirus, intentamos diseñar estrategias que tengan en cuenta la justicia social, la igualdad de género y la paz sostenible. Podemos imaginar que esta tríada inspiradora es el polo opuesto a hacer la guerra. Sin embargo, para muchos estadounidenses, que sentimental y selectivamente recuerdan su tiempo de guerra favorito, la segunda guerra mundial promovió las tres. Es la versión romántica de los americanos de la segunda guerra mundial, la que “unió a la gente”, en la que “todo el mundo puso su granito de arena”, en la que “la paz fue ganada”. GIJoe pudo ir a la universidad y compró la casa de sus sueños. Rosie tiene niños a su cuidado y una paga decente, por el momento.

En otras palabras, mientras que las feministas piensan que hacer la guerra y construir la paz son conceptos opuestos, los más militarizados probablemente consideran que hacer una “buena guerra” promueve solidaridad, justicia y aumento de oportunidades para las mujeres en nombre de la conquistada paz.

Como sucede en tantos países, esta estampa rosa del recuerdo de la guerra seleccionada depende de qué experiencias hemos elegido recordar. Por ejemplo, para los estadounidenses que sentimentalmente imaginan que podemos librar una batalla del tipo “Segunda Guerra Mundial” contra la expansión del coronavirus resulta conveniente olvidar el internamiento, en los 40, de japoneses respetuosos con la ley. Así como resulta igualmente incómodo recordar la discriminación racial en las filas del ejército y la marina de los Estados Unidos durante la recordada con cariño segunda guerra mundial.

Durante los últimos cuarenta años, historiadoras feministas estadounidenses como Blanch Weisen Cook, Mary Louise Roberts, Brenda Moore, Jeanne Wakatsuki Houston, Maureen Honey y Alison Bernstein han investigado cuidadosamente para borrar los tintes rosas de nuestras lentes colectivas. Estas investigadoras han revelado que los estadounidenses hicieron la llamada “buena guerra” promoviendo la prostitución, reforzando prácticas racistas, homofóbicas y anti-semitas, y haciendo falsas promesas a las mujeres.

Hoy en día, podemos imaginar que hacer una guerra del tipo de la Segunda Guerra Mundial contra una enfermedad de tan rápida propagación es una estrategia deseable sólo si deliberadamente decidimos olvidar los resultados de la investigación de las historiadoras feministas y nos negamos a aprender las lecciones políticas cruciales que nos han mostrado el coste real de invertir en “guerra” cualquier esfuerzo cívico colectivo. Si queremos movilizar a la sociedad hoy para proporcionar salud pública efectiva, inclusiva, justa y sostenible necesitamos aprender la lección que nos ofrecen las historiadoras de la guerra feministas. Para hacer esto necesitamos resistirnos a la fascinación de una militarización color de rosa.

cynthia enloe

Cynthia Enloe es una escritora feminista teórica y profesora neoyorkina, conocida por su trabajo sobre género y militarismo, así como por su contribución en el campo de las relaciones feministas internacionales. Además, es miembro de la Red Académica de WILPF.

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