La lección de Setsuko

Artículo de Maribel Hernández, miembro del grupo de desarme de WILPF España, publicado en Público.es

Una gran pantalla tras el escenario del Espacio Telos muestra la fotografía de una mujer japonesa octogenaria, sentada en una silla de ruedas, en la cabecera de lo que parece una manifestación, con un brazo en alto mientras sostiene el micrófono con la otra mano. Nadie puede negar la fuerza de la imagen. “Durante muchos años soñé con ese momento”, dice Setsuko Thurlow, sobreviviente de la bomba atómica de Hiroshima, minutos después de dejar al auditorio sobrecogido con su testimonio. Se refiere a la aprobación del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN) en Naciones Unidas el 7 de julio de 2017, un hito con el que culminaba una década de campaña en pro de su adopción y que resultaría, meses más tarde, en la concesión del Premio Nobel de la Paz a ICAN (Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares), galardón que, en su representación, recogió la propia Setsuko. Pero la lucha no acabó ahí.

Han pasado 75 años desde aquella mañana. Del resplandor de otro mundo que a las 8:15 del 6 de agosto de 1945 paró los relojes de Hiroshima y arrasó la ciudad de manera fulminante. Setsuko tenía 13 años. Aquel día estaba junto a una treintena de compañeras en el cuartel general del ejército. Habían sido entrenadas para descodificar mensajes secretos. “Todavía tengo la sensación de estar flotando en el aire”, recordaba con los ojos cerrados. El nivel de horror y sufrimiento de las escenas que se sucedieron es difícil de calibrar. Al escuchar a esta hibakusha contarlas en primera persona, hasta respirar se antoja una falta de respeto. ¿Cómo permanecer inmóvil ante algo así? ¿Cómo no actuar, hacer cualquier cosa que esté en nuestras manos para evitar que vuelva a suceder? Es imposible no sentir esta deuda moral tras compartir unos minutos con ella.

“Cada uno de nosotros tenemos la responsabilidad de pensar en qué mundo queremos vivir. La vida es el regalo más precioso que se nos ha dado. Los políticos deben decidir: ¿son aceptables las armas nucleares? He visto con mis propios ojos a cientos de personas derritiéndose, carbonizadas, pidiendo agua entre susurros, una procesión de fantasmas, cuerpos ardiendo, con las vísceras fuera, con los ojos en las manos… Nadie debería presenciar algo así. Espero que la gente de España piense seriamente en este tema, en qué es lo legítimo”. Esa es su petición.

Setsuko acaba de terminar una gira de tres semanas por Europa junto a ICAN. La delegación ha visitado París, Andorra, Barcelona y Madrid con el objetivo de sensibilizar y hacer incidencia política para sumar apoyos al Tratado. Hace unas semanas, el presidente Macron, en un discurso pronunciado en l’Ècole de Guerre de París, ponía el arsenal nuclear francés “al servicio de la seguridad europea”. Ni si quiera respondió a la invitación para reunirse con Setsuko. En un clima de escalada retórica, con líderes políticos de países nuclearmente armados lanzando bravuconadas a diestro y siniestro, se hace más necesario que nunca deslegitimar la doctrina de la disuasión en la que se amparan. Los representantes de los Estados no nucleares deberían actuar con responsabilidad, posicionarse y desmarcarse públicamente de estos argumentos en los foros internacionales.

Que el riesgo nuclear existe y es real es algo que no se cansan de repetir desde ICAN. Estos días, su representante Carlos Umaña, ha insistido en la idea de que las armas nucleares son, junto a la crisis climática, las dos amenazas existenciales más importantes a las que nos enfrentamos, agravadas por los discursos incendiarios de los Estados nucleares, los efectos del cambio climático y el riesgo creciente de una detonación accidental. En la actualidad, existen alrededor de 14.000 armas nucleares en nueve países (Rusia y Estados Unidos, que poseen el 90% de ellas, Francia, China, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte) y otros cinco que albergan en su territorio armas nucleares estadounidenses (Italia, Turquía, Bélgica, Alemania y Holanda).

El Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares fue aprobado con el apoyo de 122 Estados. Hasta la fecha lo han firmado 81 países. España no está entre ellos. Desde la Sección Española de la Liga Internacional de Mujeres para la Paz y la Libertad (WILPF), la primera organización feminista y pacifista con carácter internacional, constituida en La Haya, en 1915, en plena Primera Guerra Mundial, por 1.136 mujeres que sortearon todo tipo de obstáculos para reunirse y exigir el fin de la guerra y la resolución de los conflictos por vías pacíficas y negociadas, instamos al Gobierno español a dar un paso al frente y demostrar su compromiso real y su sensibilidad ante el horror de experiencias como la que vivió Setsuko firmando el Tratado. España debería estar entre los primeros 50 Estados que ratifiquen el Tratado para que éste entre en vigor.

Como miembros de ICAN y parte de su Grupo Directivo Internacional, desde WILPF le recordamos al gabinete de Pedro Sánchez que no existe ninguna obligación contractual con la OTAN que impida que España firme el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares. De hecho, el parlamento holandés, país miembro de la OTAN, sentó un importante precedente en noviembre de 2018 al exigir formalmente a su gobierno la adhesión al Tratado.

La actitud de apertura al diálogo para avanzar en esta dirección demostrada esta semana constituye un buen punto de partida pero no puede quedar solo en buenas intenciones. La mayor parte de la sociedad española rechaza la fabricación, proliferación, almacenamiento y uso de las armas nucleares. En este sentido, una docena de ayuntamientos del país se han unido a la iniciativa de Alcaldes por la Paz e ICAN y han aprobado mociones institucionales en las que piden al gobierno central que firme el Tratado, entre ellos los de ciudades como Zaragoza y Barcelona.

Se lo debemos a Setsuko y a todos los hibakushas que decidieron no instalarse en el resentimiento, el odio y la venganza y que hicieron de la promoción de la paz y el desarme la misión de su vida “hasta el último aliento”. Es la mejor forma de honrarles y recoger el testigo de personas como ella, para que, en sus propias palabras, “ningún otro ser humano vuelva a vivir otra Hiroshima y Nagasaki jamás”.

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